Con un encanto singular, Pátzcuaro
fue el destino de recreo de la nobleza indígena en tiempos de los reyes
purépechas. Sus templos eran lugar de adoración, pues se decía que ahí estaba
la puerta del cielo por donde descendían y subían los dioses, por tanto, era la
entrada al paraíso, y no estaban lejos de la realidad, porque la ciudad y sus
alrededores son sitios apacibles y hermosos, bien podemos decir que esta región
es el Edén Michoacano.
En el año de 1540,
Don Vasco de Quiroga trasladó de Tzintzuntzán a Pátzcuaro el Obispado de
Michoacán, otorgándole a la ciudad la categoría de capital de Michoacán.
Pátzcuaro es una verdadera joya de la arquitectura colonial donde se pueden
apreciar monumentos religiosos de estilo barroco y neoclásico en excelente
estado de conservación. Edificios de adobe y teja le dan un singular aspecto,
en armonía con plazas y fuentes. El trato siempre amable de su gente se conjuga
en una atmósfera de encanto que invita a volver una y otra vez.
La ciudad y región de
la ribera del Lago de Pátzcuaro son de fuertes raíces y tradiciones
prehispánicas y está constituida por una zona de pueblos típicos eminentemente
artesanales como Tzintzuntzán, Santa Clara del Cobre, Cuanajo, Tupátaro,
Erongarícuaro y Quiroga, entre otros. En los alrededores del lago existen
importantes zonas arqueológicas, como el observatorio de Ihuatzio ubicado a 15
kilómetros, el complejo urbano de Tzintzutzán conocido como las Yácatas a siete
kilómetros y un poco más retirado, el centro ceremonial de Tingambato a 35
kilómetros camino a Uruapan.
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