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Sábado 27 de diciembre de 2008. Núm. 43 
El que esté libre de culpa
 
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Sobre errores vulgares
Por Thomas Browne

(Editorial Siruela), 404 pp., 400 pesos



Mentiras contagiosas
Por Jorge Volpi

(Páginas de espuma y Colofón), 256 pp., 188 pesos

Reseña de Pedro Pablo Martínez
Pedro Pablo Martínez ,

Dos títulos que pueden atraer la pasión de quienes, como Óscar Wilde, preferimos revisar cada uno de nuestros argumentos cuando nos encontramos con la sospechosa certidumbre de que más de dos o tres personas están de acuerdo con uno: Sobre errores vulgares y Mentiras contagiosas. Esta vocación que llevó a Fernando Sabater a escribir las Instrucciones para olvidar el Quijote o a Julian Barnes a develarnos que a Gustave Flaubert solía olvidársele de qué color tenía los ojos Madame Bovary y se los ponía verdes, marrones o negros en distintas páginas de la novela, hace pensar que la sabiduría popular, tan indiscutible en los refranes, en los romances y en los corridos, en otras ocasiones es el paliativo y el catalizador de la ignorancia.

Charles King, famoso por haber logrado aislar la vitamina C de los limones, explicaba, palabras más, palabras menos, que descubrir era ver lo que todos ven, pero entenderlo de otra manera. Quizá uno de los peligros a que nos enfrenta el conocimiento superficial es precisamente dar por hecho lo evidente. En otras palabras, lo contrario a la duda socrática, de quien solo sabe que no sabe nada, sería confiar en lo poco que sabemos, cuando alcanzamos a saber algo. Por eso me encantan quienes preguntan de inmediato, frente a cualquier noticia expresada con entusiasmo excesivo o con pánico catastrófico: ¿y eso, es bueno o malo?

Es por ello que, en esta ocasión me ocupo de una estirpe de pensadores sorprendentes y reflexivos que han marcado la historia del libro con volúmenes dedicados a sospechar de aquello que grandes multitudes toman por bueno, como si se tratara de “la biblia escrita en verso”. Pareciera tratarse de individuos que tienen un rasgo diverso en el mapa particular de su genoma que les impide confiar de eso que va del “lugar común” a la “leyenda urbana” (este último concepto me fascina especialmente porque, a diferencia del tremendo prestigio de las leyendas tradicionales, aquellas que llevan el adjetivo “urbana” parecen resultar un fiasco de entrada y por definición). En esta materia es digno también de recordar el artículo del biólogo evolucionista Stephen Jay Gould donde se divierte y nos divierte a partir de errores que se han perpetrado en los libros de texto de biología de una generación a la siguiente.

Y aunque hay autores de todos los tiempos que pertenecen al mismo sesgo, como Horacio en el mundo latino, o Montaigne, Larra, Feijoo o Ibargüengoitia en el moderno, escogí para recomendar dos libros que resultan representativos de este afán por aclarar sin que nadie le ande preguntando a uno.

En Sobre errores vulgares, cuyo título original resulta irresistible de citar Pseudodoxia epidémica (es decir, falsa sabiduría contagiosa) o Investigaciones sobre los errores populares en materias geográficas, naturales, históricas o filosóficas, y al cual parece hacer homenaje el segundo volumen: Mentiras contagiosas, Sir Thomas Browne, médico inglés del siglo XVII, famoso también por su ensayo La religión de un médico e inmortalizado en un ensayo biográfico del célebre Samuel Johnson, que aparece en la edición que estamos presentando como segunda introducción al texto, nos presenta una serie de devastadoras argumentaciones frente a verdades aceptadas en su tiempo y que ahora nos parecen absurdas y al mismo tiempo nos hacen especular sobre cuántas verdades de este tiempo no estaremos creyendo inútilmente, como, por ejemplo: el argumento de autoridad, el ombligo de Adán y Eva, las causas de la negrura de los negros, la falta de coyunturas en los elefantes, la costilla de menos en los hombres o la falta de arcoriris antes del diluvio.

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