Dos títulos que pueden atraer la
pasión de quienes, como Óscar Wilde, preferimos revisar cada uno de nuestros
argumentos cuando nos encontramos con la sospechosa certidumbre de que más de
dos o tres personas están de acuerdo con uno: Sobre errores vulgares y Mentiras
contagiosas. Esta vocación que llevó a Fernando Sabater a escribir las Instrucciones
para olvidar el Quijote o a Julian Barnes a develarnos que a Gustave Flaubert
solía olvidársele de qué color tenía los ojos Madame Bovary y se los ponía
verdes, marrones o negros en distintas páginas de la novela, hace pensar que la
sabiduría popular, tan indiscutible en los refranes, en los romances y en los
corridos, en otras ocasiones es el paliativo y el catalizador de la ignorancia.
Charles King, famoso
por haber logrado aislar la vitamina C de los limones, explicaba, palabras más,
palabras menos, que descubrir era ver lo que todos ven, pero entenderlo de otra
manera. Quizá uno de los peligros a que nos enfrenta el conocimiento
superficial es precisamente dar por hecho lo evidente. En otras palabras, lo
contrario a la duda socrática, de quien solo sabe que no sabe nada, sería
confiar en lo poco que sabemos, cuando alcanzamos a saber algo. Por eso me
encantan quienes preguntan de inmediato, frente a cualquier noticia expresada
con entusiasmo excesivo o con pánico catastrófico: ¿y eso, es bueno o malo?
Es por ello que, en
esta ocasión me ocupo de una estirpe de pensadores sorprendentes y reflexivos
que han marcado la historia del libro con volúmenes dedicados a sospechar de
aquello que grandes multitudes toman por bueno, como si se tratara de “la
biblia escrita en verso”. Pareciera tratarse de individuos que tienen un rasgo
diverso en el mapa particular de su genoma que les impide confiar de eso que va
del “lugar común” a la “leyenda urbana” (este último concepto me fascina
especialmente porque, a diferencia del tremendo prestigio de las leyendas
tradicionales, aquellas que llevan el adjetivo “urbana” parecen resultar un
fiasco de entrada y por definición). En esta materia es digno también de
recordar el artículo del biólogo evolucionista Stephen Jay Gould donde se
divierte y nos divierte a partir de errores que se han perpetrado en los libros
de texto de biología de una generación a la siguiente.
Y aunque hay autores
de todos los tiempos que pertenecen al mismo sesgo, como Horacio en el mundo
latino, o Montaigne, Larra, Feijoo o Ibargüengoitia en el moderno, escogí para
recomendar dos libros que resultan representativos de este afán por aclarar sin
que nadie le ande preguntando a uno.
En Sobre errores
vulgares, cuyo título original resulta irresistible de citar Pseudodoxia
epidémica (es decir, falsa sabiduría contagiosa) o Investigaciones sobre los
errores populares en materias geográficas, naturales, históricas o filosóficas, y al cual parece
hacer homenaje el segundo volumen: Mentiras contagiosas, Sir Thomas Browne,
médico inglés del siglo XVII, famoso también por su ensayo La religión de un
médico e inmortalizado en un ensayo biográfico del célebre Samuel Johnson, que
aparece en la edición que estamos presentando como segunda introducción al
texto, nos presenta una serie de devastadoras argumentaciones frente a verdades
aceptadas en su tiempo y que ahora nos parecen absurdas y al mismo tiempo nos
hacen especular sobre cuántas verdades de este tiempo no estaremos creyendo
inútilmente, como, por ejemplo: el argumento de autoridad, el ombligo de Adán y
Eva, las causas de la negrura de los negros, la falta de coyunturas en los
elefantes, la costilla de menos en los hombres o la falta de arcoriris antes
del diluvio.
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