En noviembre 1915 un
cabo alemán en la 16 Reserva del Regimiento de Infantería Bávaro dejó su
cuartel improvisado en una hacienda de dos pisos cerca de Fournes, tres
kilómetros detrás de la línea del frente de batalla en el norte de Francia, y
camino hacia el poblado. En lugar de disfrutar las amenidades típicas de los
soldados que consistían en visitar el burdel local o comprar cigarrillos y schnapps, pagó cuatro marcos
por un libro delgado sobre los tesoros culturales de Berlín. Conocido como “el
artista” por sus colegas estafetas, él era algo así como una figura de burla
para ellos, en parte porque era fácil hacerle perder los estribos si alguien opinaba
que la guerra estaba perdida, y en parte porque pasaba horas en las trincheras
encorvado leyendo periódicos y libros durante descansos de sus labores. Este
retraído soldado de infantería había criticado la tregua de Navidad en
diciembre de 1914, cuando soldados de Alemania y Gran Bretaña confraternizaron
por un día. El único ser vivo para quien guardaba afecto era un terrier blanco
que cruzaba la línea enemiga y que lo obedecía incondicionalmente.
Sus hábitos en
realidad nunca cambiaron. Décadas más tarde abandonaría a sus acompañantes por
la noche para retirarse a la soledad de su estudio, donde le esperaban sus
gafas de leer, un libro y una tetera humeante. Cuando su novia en alguna
ocasión tuvo la osadía y falta de delicadeza de importunar sus fantasías, se
encontró con una diatriba que la envió corriendo con la cara roja de regreso
por el pasillo. Después de todo, un letrero colgado afuera exigía “¡Silencio Absoluto!”.
Al término de su vida, cuando había sido abandonado por la mayoría de su séquito
y montó su propio Gotterdammerung (ocaso de los dioses), los únicos bienes
personales que los soldados invasores soviéticos encontraron en su búnker de
Berlín fueron varias docenas de libros.
Adolfo Hitler podría
ser mejor conocido a la posteridad por quemar más que por amar los libros, pero
como señala Timothy W. Ryback en la Biblioteca privada de Hitler, él poseía más de 16
mil volúmenes en sus residencias de Berlín y Múnich, así como en su refugio
alpino en Obersalzberg. Ryback, autor también de El último sobreviviente, un estudio del
poblado de Dachau, se ha inmerso en los remanentes de la colección de Hitler,
que se encuentran en su mayoría en la Librería del Congreso. Al estudiar
minuciosamente las marcas y anotaciones de Hitler, Ryback busca reconstruir los
pasos con los que fabricó su mapa mental del mundo. El resultado es un libro
sorprendentemente fascinante si no totalmente persuasivo.
Hitler pudo nunca
haber completado estudios de educación formal pero como su amigo de los
primeros días en Viena, August Kubizek recuerda, los libros “eran su mundo”. Ryback demuestra
que en los primeros años de la década 1920-29, Hitler no sólo leyó cientos de
libros históricos y racistas para apuntalar su genuina ideología como líder del
naciente Partido Nazi, pero también se esforzó en construir un conjunto de
normas para éste. Proporcionó una lista de lecturas recomendadas que venían
resaltadas en color negro en las credenciales de membrecía del Partido bajo el
rubro de “Libros que todo nacional socialista debe leer”. Venían incluidas
tales gemas como Judío internacional de Henry Ford y Sionismo como
enemigo del Estado de Alfred Rosenberg. La confirmación de las inclinaciones
bibliófilas de Hitler también aparecen en la forma de una rara fotografía de
sus pequeño apartamento en Múnich que muestra a “Hitler vestido con un traje
negro frente a uno de sus dos libreros”, un hermoso mueble moldeado con
diseños de vieira, “con los brazos cruzados y un distintivo gesto enérgico”.
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