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Martes 07 de abril de 2009. Núm. 44 
Hitler, el lector
 
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La biblioteca privada de Hitler. Los libros que dieron forma a su vida

(Hitler’s Private Library. The Books That Shaped His Life)



Por Timothy W. Ryback

(Alfred A. Knopf), 278 pp., 25.95 dólares

Reseña de Jacob Heilbrunn
Jacob Heilbrunn ,

En noviembre 1915 un cabo alemán en la 16 Reserva del Regimiento de Infantería Bávaro dejó su cuartel improvisado en una hacienda de dos pisos cerca de Fournes, tres kilómetros detrás de la línea del frente de batalla en el norte de Francia, y camino hacia el poblado. En lugar de disfrutar las amenidades típicas de los soldados que consistían en visitar el burdel local o comprar cigarrillos y schnapps, pagó cuatro marcos por un libro delgado sobre los tesoros culturales de Berlín. Conocido como “el artista” por sus colegas estafetas, él era algo así como una figura de burla para ellos, en parte porque era fácil hacerle perder los estribos si alguien opinaba que la guerra estaba perdida, y en parte porque pasaba horas en las trincheras encorvado leyendo periódicos y libros durante descansos de sus labores. Este retraído soldado de infantería había criticado la tregua de Navidad en diciembre de 1914, cuando soldados de Alemania y Gran Bretaña confraternizaron por un día. El único ser vivo para quien guardaba afecto era un terrier blanco que cruzaba la línea enemiga y que lo obedecía incondicionalmente.

Sus hábitos en realidad nunca cambiaron. Décadas más tarde abandonaría a sus acompañantes por la noche para retirarse a la soledad de su estudio, donde le esperaban sus gafas de leer, un libro y una tetera humeante. Cuando su novia en alguna ocasión tuvo la osadía y falta de delicadeza de importunar sus fantasías, se encontró con una diatriba que la envió corriendo con la cara roja de regreso por el pasillo. Después de todo, un letrero colgado afuera exigía ¡Silencio Absoluto!”. Al término de su vida, cuando había sido abandonado por la mayoría de su séquito y montó su propio Gotterdammerung (ocaso de los dioses), los únicos bienes personales que los soldados invasores soviéticos encontraron en su búnker de Berlín fueron varias docenas de libros.

Adolfo Hitler podría ser mejor conocido a la posteridad por quemar más que por amar los libros, pero como señala Timothy W. Ryback en la Biblioteca privada de Hitler, él poseía más de 16 mil volúmenes en sus residencias de Berlín y Múnich, así como en su refugio alpino en Obersalzberg. Ryback, autor también de El último sobreviviente, un estudio del poblado de Dachau, se ha inmerso en los remanentes de la colección de Hitler, que se encuentran en su mayoría en la Librería del Congreso. Al estudiar minuciosamente las marcas y anotaciones de Hitler, Ryback busca reconstruir los pasos con los que fabricó su mapa mental del mundo. El resultado es un libro sorprendentemente fascinante si no totalmente persuasivo.

Hitler pudo nunca haber completado estudios de educación formal pero como su amigo de los primeros días en Viena, August Kubizek recuerda, los libros “eran su mundo”. Ryback demuestra que en los primeros años de la década 1920-29, Hitler no sólo leyó cientos de libros históricos y racistas para apuntalar su genuina ideología como líder del naciente Partido Nazi, pero también se esforzó en construir un conjunto de normas para éste. Proporcionó una lista de lecturas recomendadas que venían resaltadas en color negro en las credenciales de membrecía del Partido bajo el rubro de “Libros que todo nacional socialista debe leer”. Venían incluidas tales gemas como Judío internacional de Henry Ford y Sionismo como enemigo del Estado de Alfred Rosenberg. La confirmación de las inclinaciones bibliófilas de Hitler también aparecen en la forma de una rara fotografía de sus pequeño apartamento en Múnich que muestra a “Hitler vestido con un traje negro frente a uno de sus dos libreros”, un hermoso mueble moldeado con diseños de vieira, “con los brazos cruzados y un distintivo gesto enérgico”.

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