Cuando
el padre de Kaylie Jones, el escritor James Jones, murió el 9 de mayo de 1977,
en la sala de la familia se escucharon gritos sofocados de: “¿Dónde está mi
papá”, y “quiero a mi papá”. Pero las exclamaciones no provenían de
Kaylie, de 16 años, quien acababa de quedar huérfana de padre. Provenían de
Gloria Jones, la histriónica madre de Kaylie, quien nunca perdió una
oportunidad para denigrar a su hija. “Yo era mucho más bonita que tú cuando
tenía tu edad”, recordó Kaylie, cuando de niña su madre
la hostigaba.
Las
memorias de Kaylie, Mentiras que mi madre nunca me contó, son la hora de la retribución. Kaylie
denuncia la crueldad, el narcisismo y la fuerte adicción al alcohol de su
madre, y hace relato tras relato sobre las mordaces bromas, las feroces y
malintencionadas expresiones de su madre.
Lo
que tenemos aquí es la oportunidad de Kaylie para saldar estas viejas cuentas
y, al mismo tiempo, establecer más sólidamente su propia autenticidad
literaria. Ha escrito otros cinco libros, incluida la novela A Soldier’s
Daughter Never Cries (La hija de un soldado nunca llora). Sin embargo, la malevolencia de Gloria,
quien murió en 2006, todavía moldea la historia de la vida de su hija desde más
allá de la tumba.
“Tienes
que hacer que tu madre deje de beber tanto”, le dijo James Jones a su hija, horas antes de morir. Ella le afirmó que lo haría, pero, como
hoy recuerda: “No tenía ni idea de lo que estaba prometiendo”. Pese a las abrumadoras pruebas del
alcoholismo de su madre, Kaylie era ya una adulta hecha y derecha antes de que
estuviera dispuesta a reconocer el mal de su progenitora. “Me sentía como la
Rosemary de ‘El bebé de Rosemary’ cuando juntó el anagrama con las piezas de
Scrabble y se dio cuenta de que estaba rodeada de mentirosos”.
Como
lo pone en claro en Mentiras que mi madre nunca me contó, Kaylie tenía motivos para no percatarse
de la situación. Ella también tenía un serio problema con el alcohol, como
todas las sofisticadas figuras literarias que frecuentaban el círculo social de
sus padres.
La
primera parte de estas memorias trata de la vida supuestamente encantada que
llevaba la hija de un escritor estelar, con todo y la mención de nombres
importantes y las extravagantes escenas de las fiestas a las que asistía. En
cierta ocasión William Styron coqueteó con ella, lo que provocó que Kaylie le
dijera que tan solo esa idea haría que su padre se revolviera en su tumba. “Que
se revuelva”, dijo que
Styron le respondió.
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