Los informes que
Kapuscinski enviaba desde África le ganaron fama mundial. Como a su compatriota
Joseph Conrad (con quien lo comparan a menudo, pero a quien no se parece casi
en nada), se insertó a Kapuscinski en el firmamento literario del continente.
Sin embargo, a su muerte, el joven escritor keniata Binyavanga Wainaina atacó
al “escritor racista Kapuscinski”, por haber escrito algunas de las
“líneas clásicas sobre África”, por ejemplo: “En África, no
existe la noción del mal abstracto, el mal en y por sí mismo”. Es difícil culpar a
quienes resintieron algunas de las declaraciones más descuidadas de Kapuscinski
sobre África.
Tal vez sus
peligrosas generalizaciones surgieran de una aparente falta de reconocimiento
por la diversidad y heterodoxia cultural de África, pero eso parece un pecado
menor a la luz de la profundidad con la cual trató de comprenderla y el tiempo
que vivió allá. Por supuesto, sabía lo difícil que era abordar esos temas allá.
“El europeo en África”, escribió en La sombra del sol, “ve sólo parte
de ella” y se queda corto al intentar describir “el inmenso reino” de la psicología
africana. Su tema era local, pero su tono era cósmico, dislocado y, a veces,
surrealista. Enfocaba sus reflectores en las hendiduras del totalitarismo, el
misticismo y la revolución, lugares donde la verdad comienza a perder acceso
ante la fotosíntesis del hecho. Un matiz que sus detractores ignoran a menudo
es que el África de Kapuscinski es la de un hombre de un país sometido, quien
la descubrió cuando las naciones rompían las cadenas de sus amos coloniales. A
final de cuentas, la escritura de calidad no requiere, necesariamente,
exactitud mayor que la de una confusión honesta y vívidamente expresada. Los
límites de la percepción humana nos sujetan a todos con crueldad.
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