El último libro de
Kapuscinski, Viajes con Heródoto, es sobre el Padre de la Historia
, un hombre tan limitado por la percepción y la experiencia de su siglo (V a.
C.) que, ante los ojos modernos, su nivel intelectual semeja a la de un
comatoso. “Nunca oyó hablar de China”, escribe Kapuscinski, “o de
Japón; no sabía de Australia o de Oceanía; no sospechaba la existencia, ni
mucho menos el gran florecimiento, de América”.
A decir verdad, “sabía
poco del occidente y del norte de Europa”. También creía que los hombres
etíopes eyaculaban semen negro. Sin embargo, para Kapuscinski, Heródoto fue “el
primer globalista” y “el primero en señalar que cada cultura requiere
aceptación y entendimiento”. No podemos saber cuánto viajó Heródoto realmente, y gran
parte de su Viajes con Heródoto se ocupa de las continuas
andanzas de Kapuscinski sobre la primera etapa de la vida del historiador (“¿Construía
castillos de arena al borde del mar?”), sus antecedentes familiares (“¿El
padre de Heródoto pudo haber sido comerciante?”) y su personalidad (“¿Tendría
una mente naturalmente inquisitiva?”).
Pero la verdadera
naturaleza del libro es la de una memoria imperturbable, primero, la del autor,
pues abre con un joven Ryszard de 19 años, que estudiaba historia griega en la
Universidad de Varsovia. Aunque no se dispuso de una traducción polaca de
Heródoto hasta 1955, poco después de la muerte de Stalin, Kapuscinski se
convirtió en discípulo eterno de la época clásica, “un mundo de sol y plata,
cálido y pleno de luz, poblado por héroes delgados y ninfas bailarinas”. Aunque también era
un mundo resuelto a destruirse con guerras fratricidas.
© New York Times Book
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