A sus 88 años, la acaban de galardonar con el
Premio Nobel y tiene un libro nuevo, Alfred & Emily (Alfred y Emily), cuyo título se refiere a sus padres,
colonizadores británicos que la criaron en Rodesia. En él cuenta la historia de
ambos dos veces; primero como novela corta en la que fantasea con una vida
feliz para ellos, y luego como memorias basadas en la triste realidad. Me
parece un libro tierno.
No
se trata de ternura. Se trata de justicia. Yo quería escribir acerca de mi madre
tal y como debió ser de no atravesársele la Primera Guerra Mundial.
Usted
imagina en su novela que la guerra nunca tuvo lugar, que ella llegó a ser
pionera de la educación y que cientos de personas asistieron a sus exequias,
cuando en la vida real era un ama de casa varada en África.
Esto
es lo que creo: Era una mujer notable. Rodesia del Sur no ofrecía cabida a
todos sus talentos. Yo sabía que estaba siendo desaprovechada. Lo importante es
que le he escrito una vida que le restituye sus cualidades reales. Eso es lo
importante, no el hecho de que no nos lleváramos bien.
¿No
es demasiado tarde para darle una vida plena, puesto que ya no está aquí para
leer el libro?
Sin
duda me hace sentir mejor a mí. A ella no le sirve.
El
libro que le ha dado más fama, El cuaderno dorado, se publicó en 1962, y desde entonces
ha sido aclamado como una obra feminista clásica, etiqueta que usted parece
rechazar.
No
creo que el movimiento feminista haya aportado gran cosa al carácter de la
mujer. Me refiero a que hemos producido algunas mujeres monstruosas. Lo que ha
ocurrido es que, al dárseles un espacio para ser críticas y desagradables, por
Dios que lo han tomado, así que ahora los hombres sufren por ello.
Durante
las últimas dos décadas, la mayor parte de su literatura ha tomado el derrotero
de la ciencia ficción, lo que ha decepcionado a críticos literarios como Harold
Bloom.
A
mí no me importa Bloom. Muchas personas opinan que algunas de mis mejores obras
son las de ciencia ficción, y ellas son tan importantes como el maldito Bloom.
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