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Miércoles 19 de noviembre de 2008. Núm. 42 
Los papeles de Kafka podrían ver alguna luz
 
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Los documentos íntimos de Franz Kafka, con toda su carga emocional absurda y angustiosa, que dan testimonio fiel de su gran universo opresivo y decrépito, se encuentran a unos pasos de la inmortalidad o del olvido. Nadie sabe, con exactitud, qué queda de ellos. Sus poseedoras viven con ellos una historia kafkiana.
Ethan Bronner ,

Tel Aviv, Israel– El último deseo de Franz Kafka antes de su muerte en 1924 –que sus papeles fueran quemados– fue célebremente ignorado por su amigo el escritor Max Brod. El mundo acogió El proceso, El castillo y el adjetivo kafkiano; Brod se quedó con los papeles.

Cuando Brod huyó de Praga a Tel Aviv en 1939, llevaba consigo una maleta llena de los documentos de Kafka.

A su muerte en 1968, legó a su secretaria los papeles restantes de Kafka, así como los suyos propios, resultado de una rica carrera cultural. Durante casi 40 años, la secretaria, Esther Hoffe, tuvo en vilo al erudito mundo de Kafka y guardó los documentos en su apartamento a ras del suelo en la Calle Spinoza; algunos de ellos se amontonaban sobre su escritorio (que fue originalmente de Brod), donde mecanografiaba todo el día y tomaba sus alimentos.

La última vez que se permitió la entrada de un estudioso al apartamento fue en los años 80. Después Hoffe vendió el manuscrito de El proceso por dos millones de dólares. Nadie sabe qué queda.

Desde su muerte el año pasado a los 101 años, su hija de 74, Hava, ha expresado que en los meses venideros se tomará una decisión acerca de los codiciados papeles. Aunque la mayor parte del legado de Kafka ya se encuentra en los archivos de la República Checa, Gran Bretaña y Alemania, una parte bien podría estar aún dentro de la maltratada puerta del apartamento de Hoffe.

Como lo hizo antes su madre, Hava Hoffe mantiene despiertos de noche a los eruditos y archivistas, quienes se preguntan en qué estado se hallarán lo que suponen que son cartas, diarios, fotografías y acaso algunas obras no publicadas de los dos escritores judíos checos, de los que Kafka es uno de los más conocidos del siglo XX.

“Brod era un escritor sumamente versátil, fértil, incluso obsesivo, que llevaba un diario”, señala Nurit Pagi, quien escribe su tesis de doctorado sobre Brod en la Universidad de Haifa. “Lo que creemos que Hoffe debe de tener es el diario que llevó desde el día en que arribó a Tel Aviv en 1939, lleno de observaciones. Para los investigadores, sería muy importante conocerlo”.

El asunto que preocupa a los estudiosos israelíes no es sólo si Hoffe venderá o donará –y cuándo lo hará– el patrimonio literario del que ella y su hermana mayor, Ruth, son herederas, para compartirlo con el mundo. También les inquieta si podrá encontrarse la manera de conservar el tesoro en Israel, que muchos aquí consideran su legítimo hogar, somo baluarte de la herencia nacional e histórica judía.

“Este material pertenece a Jerusalén”, sostiene Mark Gelber, estudioso de Kafka y profesor de literatura comparada en la Universidad Ben Gurion de Beersheba. “Brod se hizo sionista antes de la Primera Guerra Mundial; vivió, trabajó y está enterrado aquí. Lo que se conoce menos es el hecho de que Kafka fue una personalidad y un escritor judío totalmente comprometido, con muchas conexiones íntimas con el sionismo y los judíos”.

Gelber hace notar que la Biblioteca Nacional de Jerusalén contiene documentos de personalidades judías tan relevantes como Einstein y Martin Buber, así que sería el hogar natural de Kafka también.

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